Por Eduardo Mackenzie

Mayo de 2011

(Capítulo del libro de Eduardo Mackenzie “Justicia ¿misión imposible?”  (Editorial Carrera 7ª,  Bogotá, 2011), páginas 108/113.

Lo que ocurre en Colombia no es una casualidad sino que hace parte de una ofensiva continental contra las libertades. 

La estrategia de la conquista de parcelas de poder es aplicada con gran determinación en Colombia contra el sector judicial. Aunque éste no es el único, es quizás el sector más afectado por el fenómeno del entrismo revolucionario. Esa estrategia no es una invención local y espontánea de activistas colombianos. Viene y se inspira del interminable debate entre marxistas y marxólogos europeos acerca de las llamadas “vías democráticas hacia el socialismo”. 

Ese tema renació tras el doble fracaso del allendismo en Chile y de la revolución portuguesa de 1975-1976. Corrientes diferentes como el eurocomunismo, la socialdemocracia de izquierda, y la tercera vía neoliberal, examinaron con interés esa temática. En los últimos diez años, la cuestión del Estado y las formas no bolcheviques de alcanzar el poder fueron lanzadas de nuevo en Europa pues, tras el derrumbe del muro de Berlín y del sistema soviético, surgieron en América Latina nuevos terrenos donde esa vía podía ser experimentada. Especialmente en Venezuela, Bolivia y Brasil y, de otra manera, en los países como Colombia, Perú y México, que resisten con éxito relativo a los embates depredadores del marxismo en su variante castro-chavista y “bolivariana”.

Vale la pena detenerse un momento sobre los contornos de esa teoría para poder ver cómo ésta es utilizada en Colombia y cómo llega a dar una cierta coherencia a la curiosa vía, no formulada explícitamente, de las conquistas parciales de poder antes de la toma del poder.

La vieja idea de que es posible “cambiar el mundo sin tomar el poder”, o de que tal cambio puede ser una etapa previa a la toma del poder, había sido tratada más que nadie, aunque fragmentariamente, por el jefe comunista italiano Antonio Gramsci entre 1930 y 1935 en sus notas escritas en prisión (1).

Gramsci es visto por algunos marxistas como un teórico que rompió con las tesis leninistas sobre el Estado y la conquista del poder. El jefe bolchevique subrayaba que un partido revolucionario, incluso minoritario (la pretendida “vanguardia del proletariado”), en una situación de fuerte crisis política y de “doble poder”, debe asaltar el Estado mediante una batalla frontal para destruirlo en bloque. El problema es que sólo los bolcheviques rusos llegaron a utilizar esa vía, con los resultados que sabemos. Tras el golpe de Estado de octubre de 1917, no emergió, en realidad, una sociedad libre, como querían los liberales rusos que dirigieron la revolución democrática de febrero de 1917, sino una sangrienta dictadura policial, y no hubo destrucción del Estado sino reforzamiento e hipertrofia de éste. El Estado erigido por Lenin devino un aparato monstruoso y totalitario.

Una cierta lectura de Gramsci sostiene que existe una vía diferente para la toma del poder del proletariado. Gramsci concibe el Estado burgués como una fortaleza que se puede conquistar con “caballos de madera” (de Troya), mediante la estrategia del entrismo. Gramsci llegó a comparar el Estado capitalista con “una caja fuerte que se puede abrir con argucias”. Para él se trata, entonces, de una larga marcha dentro y a través de las instituciones del Estado. Más precisamente, propone que la lucha por la caída del “bloque social dominante” pasa por una intrincada “guerra de posiciones” donde hay que conquistar las diferentes “casamatas” (instituciones) del Estado, en lugar de apelar a la “guerra de movimientos” empleada en Rusia, donde la administración, el Ejército y la Policía constituían lo esencial del Estado. En cambio, en las sociedades occidentales, dice Gramsci, el Estado, la sociedad civil y la sociedad política, son entidades mucho más complejas: cada una tiene sus esferas de autonomía y todos actúan en interrelación, lo que complica y facilita a la vez las cosas.

Por eso, la vía debe ser la de una “lenta subversión” que ataca el Estado burgués desde dentro, y que trata de influenciarlo, transformarlo y someterlo combinando la actividad de zapa dentro de las instituciones, con las presiones y exigencias que “el proletariado” levanta por fuera del Estado, es decir desde la sociedad civil.

Una lectura crítica de los amigos de la tesis leninista de la confrontación directa, pretende que para Gramsci el terreno preferente es la sociedad civil, donde el trabajo consiste en “construir trincheras”, de suerte que la confrontación definitiva con el Estado es una y otra vez aplazada.

Gramsci comenzó siendo liberal. Después pasó a ser sucesivamente socialista, mussoliniano (brevemente), leninista, stalinista y kominteriano. Empero, desde 1930, en vista del fracaso de las revoluciones obreras y de las convulsiones creadas por el terror de masas en Rusia, terminó repudiando los métodos y la orientación de Stalin, sin dejar de ser marxista. En sus Cuadernos desde la Prisión, publicados mucho después de su muerte, Gramsci se mostró partidario de la vía lenta, indirecta, y de que, por ejemplo, tras la caída del fascismo en Italia, su partido convocara una “constituyente” y no tratara de erigir la irrealista “dictadura del proletariado”.

Un especialista en el tema, Peter Thomas, autor de The Gramscian Moment, resume el asunto así: el Estado capitalista, según Gramsci, es una “suma de partes, divisibles, que permiten una estrategia de conquista paulatina de las instituciones para sustraerlas a la hegemonía política de la burguesía mediante un simple avance cuantitativo, aritmético, hasta que por la fuerza del número la clase obrera invade el corazón del aparato y toma posesión del Estado, concebido éste como instrumento de gobierno” (2).

El marxista griego-francés Nikos Poulantzas (1936-1976), discípulo de Louis Althusser, en su último libro El Estado, el poder y el socialismo examinó una vez más las proposiciones de Gramsci. Poulantzas, muy leído en las universidades latinoamericanas, afirma que la idea de la “guerra de posiciones” no escapa al campo conceptual del leninismo y a su idea de la “dualidad de poderes” la cual Gramsci propone aplicarla a las “situaciones concretas diferentes” de Occidente.

Poulantzas intentó refinar la posición gramsciana. Él estimó que el Estado capitalista está atravesado por los antagonismos y las luchas sociales. Dijo que el Estado “burgués” condensa de alguna manera las tensiones entre las clases y expresa las relaciones sociales complejas en los ámbitos nacional y global, sin que éste –y eso es lo nuevo– pueda imponerse como el organizador de la sociedad.

El resultado de ese análisis es la hipótesis de Poulantzas, muy parecida a la de Gramsci: que se puede llegar al socialismo minando desde dentro el Estado capitalista, explotando sus contradicciones y fallas y creando escenarios alternativos desde la sociedad civil, donde el poder real es susceptible de caer en manos del proletariado en un momento de crisis política-social.

En el lenguaje de Poulantzas, lo que habría que hacer para imponer esa nueva hegemonía, es “desplegar, reforzar, coordinar y dirigir los centros de resistencia difusos de que disponen las masas siempre en el seno de las redes estáticas […] de suerte que esos centros se transformen, en el plano estratégico-estatal, en los centros efectivos del poder real”. Sin embargo, él insiste en que, a diferencia de lo que consideraba Gramsci, “la modificación decisiva de las relaciones de fuerza no se decide en el seno del Estado sino entre el Estado […] y las masas exteriores al Estado”, pues no basta con apoderarse de una parte de la maquinaria estatal.

Eso en cuanto a la formulación abstracta, académica, de la pretendida vía “democrática” hacia el socialismo. La aplicación específica, cotidiana, de la representación de la “subversión lenta” es menos gloriosa. El papel que juegan en las sociedades abiertas de hoy ciertos agitadores, ciertas formaciones políticas, no todas, algunas ONG, ciertos sindicatos y “colectivos de abogados”, algunos medios de prensa, recuerda lo que preconizaba Gramsci sobre el activismo constructor de una nueva hegemonía cultural, y sobre la edificación de “trincheras” dentro de la sociedad civil que preparan la toma y la transformación del Estado.

¿No hemos visto acaso esa estrategia en marcha, con no poca violencia a veces, en América Latina? El desmoronamiento de la democracia en Venezuela durante los diez años de Gobierno de Hugo Chávez, fue el resultado del derrumbe de los dos pilares sobre los cuales descansaba desde 1958 esa sociedad abierta: el Estado y el bipartidismo atenuado (3). 

¿Fue eso producto únicamente de la caída de los precios del petróleo en 1983, del fracaso en el esfuerzo para encontrar otras actividades productivas y del auge del descontento social? ¿No hubo interferencias exclusivamente políticas que impidieron que el Estado y los partidos enfrentaran correctamente la crisis? En ese escenario, con un discurso seductor y una toma del poder mediante elecciones, un coronel ex golpista, hostil al liberalismo político, pudo pasar a la creación de aparatos de control y represión social para imponer nefastos cambios institucionales destinados a perpetuar un liderazgo personal en el que los poderes públicos deben ser simples correas de transmisión del jefe de Estado.

Estamos ante un ejemplo muy claro del potencial que ofrece la estrategia de la “lenta subversión” que abre las pretendidas “vías democráticas hacia el socialismo”.

¿La extraña evolución del poder judicial en Colombia, que intenta poner bajo su férula desmovilizadora a los dos otros poderes, en momentos en que el poder ejecutivo impulsa una lucha decisiva contra la subversión armada, el narcotráfico y el terrorismo, no es el resultado de la estrategia de los “caballos de madera”? Con no poca razón, algunos estiman que el sector judicial es el vientre blando de las sociedades abiertas por donde están tratando de penetrar, sobre todo desde la caída del Muro de Berlín, los partidarios de un cambio “revolucionario” y los agentes de las dictaduras más obsesionadas con el derrumbe de la democracia representativa.

Ni siquiera la potencia que es Brasil está exenta de esa estrategia subversiva de conquista de parcelas de poder. Incólumes ante las invitaciones antiliberales del lulismo más radical y del chavismo, las Fuerzas Armadas de Brasil están en la mira de las sectas revolucionarias. La propuesta inusitada del Partido del Trabajo de reabrir las heridas del pasado, de abolir la ley de amnistía, y crear comisiones que decidan si los medios de comunicación respetan o no los derechos humanos, y para montar una “comisión de la verdad” que investigue “los abusos cometidos durante la dictadura” de 1964 a 1985, ampulosamente presentada como un “programa nacional de derechos humanos”, apunta a eso. Curiosamente, una propuesta de “comisión de la verdad” también apareció en Colombia en esos mismos días y en esos mismos términos. El magistrado Augusto Ibáñez pidió en septiembre de 2009 una “comisión de la verdad” que tendría un impacto político pues ésta debería reflexionar “sobre las circunstancias que llevaron al conflicto” (4).

Los objetivos de esas “comisiones de la verdad”, en Brasil y Colombia, y como se verá pronto en otros países, como Argentina, Perú y Chile, son idénticos: hundir en el oprobio y meter en la cárcel a cuanto militar, en retiro o no, se pueda, para reducir a polvo el honor, los valores y la capacidad de combate de las Fuerzas Armadas. La pretendida lucha “por el derecho a la memoria y la verdad”, como dice César Britto, el abogado que impulsa en Brasil ese asunto, es una falacia. A esa gente no le importa la verdad, ni la memoria. Sus objetivos son, en todas partes, revanchistas: amordazar la prensa, favorecer las bandas armadas, arrinconar a la Iglesia católica e imponer un proyecto liberticida global. En Colombia esa comisión de la verdad, con investigadores escogidos según un rasero ideológico, no buscará la claridad histórica. Buscará, como lo precisa su ponente, “recomponer la sociedad”. El desafío no puede ser más evidente.

Sin embargo, en Brasil, la fuerte protesta de los militares, de la Iglesia, de los parlamentarios y de los periodistas, obligó a Lula a retroceder: si hay comisión, las investigaciones deberán extenderse también a los grupos terroristas y no sólo a los militares. El debate que suscita la propuesta del PT apenas ha comenzado. ¿Éste será relanzado bajo el patrocinio de la nueva presidente del Brasil, Dilma Rousseff? La resistencia de los demócratas brasileños contra los planes del lulismo extremo debe inspirar a los colombianos. Hay que comprender que lo que ocurre en nuestro país no es una casualidad sino que hace parte, como se ha visto, de una ofensiva continental contra las libertades.

Notas

(1).- Tras un atentado fallido contra Mussolini en 1926, varios jefes comunistas fueron arrestados. Encarcelado en Turín, Antonio Gramsci obtendrá la libertad condicional por problemas de salud en junio de 1935 y es conducido a una clínica de Roma. Cuatro días después del fin de su pena, muere el 27 de abril de 1937.

(2).- Peter Thomas, Voies démocratiques vers le socialisme. Le retour de la question stratégique, Revue Contre Temps, Paris, noviembre de 2010, página 110.

(3).- Este concepto, bipartidismo atenuado, es de a José E. Molina Vega, en Los partidos políticos venezolanos en el siglo XXI, Vadel Hermanos Editores, Caracas, 2004, página 25.((4).- Ver la entrevista con Yamid Amad, El Tiempo, Bogotá, 27 de septiembre de 2009.